Mejor sí, pero… ¿para quién?

Tantos años en la sala de máquinas, trabajando en las tripas de la bestia, sin contacto directo con los usuarios finales. Como tantos otros técnicos, mi percepción del producto siempre ha sido “de puertas para dentro”. En esas condiciones, tomas decisiones de diseño e implementación basadas en tu propio criterio, y tu criterio es técnico. “Mejor” es más eficiente, “mejor” es más correcto y elegante, “mejor” es más ingenieril. En definitiva, te esfuerzas en hacer mejor software, pero no tienes ni idea de si estás haciendo mejor producto. Porque una mejor ejecución no implica más aceptación, y un producto es tan bueno como su penetración en el mercado atestigüe. Eso, amigos, es lo que habré sacado en claro de estos años al frente de una empresa de producto. El cliente manda, ya sabéis.

Esto, tan evidente y de sentido común para todo aquel que haya tratado de llevar un producto al mercado, no es tema baladí. Muchas veces el mercado tiene opiniones sobre lo que tu producto debería ser muy alejadas de la tuya propia, y eso es complicado de gestionar. Maldito orgullo. A Steve Jobs le funcionaba bien lo de saltarse esa máxima a la torera, al resto de los mortales suele precipitarlos al abismo. Un asunto espinoso, complejo y apasionante.

Los entresijos del llamado market fit me tienen por tanto muy interesado, y se ha estado desarrollando en los últimos días un episodio a mi parecer muy ilustrativo, que por peso del producto implicado es de especial interés. Me refiero a la muy en voga transición de Python 2 a Python 3 y al tremendo pifostio que se ha montado alrededor. Agárrense que vienen curvas.

I feel geek