No hay cuchara

Al parecer no fui demasiado problemático de chaval. Más bien tranquilote, educado, a mis cosas. Aún así recuerdo a mi madre reprocharme en no pocas ocasiones el actuar sin pensar. El meterme en berenjenales que seguramente me hubiese ahorrado de saber cómo iban a acabar. «A ver, hijo, si tonto no eres, ¿cómo te cuesta tanto darle un par de vueltas a las cosas?», le preguntaba a un incapaz mini-yo. Y tantos años después ya creo entender por qué, Mamá: no por falta de inteligencia (que un poco también), sino de experiencia.

No sé si alguno de vosotros habrá nacido aprendido, pero un servidor lo ha ido haciendo sobre la marcha, a medida que la necesidad exigía. Subiendo escalones. Y ahora que llevo unos pocos subidos comprendo por fin cómo la experiencia nos limita la percepción. O la falta de experiencia, más bien. Retomando la metáfora de la escalera: no se ven los escalones que vienen, sólo los ya superados. Cuanto más subes mejor comprendes tus errores anteriores y mejor intuyes las dificultades futuras. En cualquier caso aprendes a no dar las cosas por sentadas, tanto escarmiento acaba por desarrollarte la humildad. Como resultado se dan contradicciones curiosas: haber subido tan sólo un par de peldaños y creerse omnisciente sin haber visto nada, o llegar tan alto en la ascensión como para sentirse del montón sabiendo mucho más que la mayoría.

Sigue, sigue

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