De calaveras, pingüinos y Pareto

Que faena lo de morirse. Y más para descubrir que, una vez en la Tierra de los Muertos, todavía te queda un buen trecho para alcanzar el Descanso Eterno. A pie son 4 años de nada… Por suerte, si has sido un tipo majo en vida, puedes optar por métodos de transporte bastante más cómodos, y sobre todo más rápidos, como coches o un tren bien lujoso. Manny Calavera es un triste agente de viajes que trabaja para el organismo que oferta dichos “packs” a los infelices que acaban de morir. Y Neus, mi pareja, quiere ser Manny. Así empieza todo.

Manny Calavera y el resto de esta pintoresca historia son parte del universo de Grim Fandango, laureada aventura gráfica de LucasArts de finales de los 90, obra del ínclito Tim Schafer. El actual estudio de este último, Double Fine, consiguió de Disney (actual dueño de la propiedad intelectual de LucasArts) los derechos para un remake de Grim Fandango allá por 2013. Hace poco, a finales de enero de 2015, Grim Fandango Remastered llega a las consolas de Sony y a PC (Windows, OS X y Linux). Neus, como buena aficionada a las aventuras gráficas clásicas, quiere jugarlo. Al tener un servidor su copia pre-comprada desde hace meses en GoG, sin DRM ni zarandajas, en principio nada más fácil que descargar la versión para Windows (el “portátil” de Neus corre Win 7), instalar y a jugar. En principio.

Grim Fandango Remastered

¿Windows? Esto va a molar…

Ducksboard, a la Sorkin

Se lleva hablando largo tiempo de un nuevo biopic sobre Steve Jobs. No el despropósito del Kutcher, algo de mucha más enjundia, en principio. Y digo en principio porque sabiendo quién está detrás del guión, sólo puedo ser optimista. Aaron Sorkin puede no sonaros así en frío, pero si os digo que ha guionizado Algunos Hombres Buenos, El Ala Oeste de la Casa Blanca, o (más cercana a éste nuestro mundillo) La Red Social, entenderéis que no es precisamente un aficionado.

De lo poco que se sabe de la cinta en cuestión, lo más llamativo es la aproximación que Sorkin va a tomar para explicar el personaje. Lejos de la clásica fórmula de entremezclar cuantas más situaciones mejor a lo largo de la vida de Jobs para dar una visión lo más panorámica posible, Sorkin quiere centrarse en tres únicos momentos. Tres acontecimientos muy concretos, que cree pueden ilustrar con la profundidad necesaria la complejidad del sujeto: los momentos previos a tres presentaciones de producto de las que lanzaron a Jobs al estrellato. Las famosas keynotes que le han elevado al grado de icono moderno. Con sólo acompañar a Steve durante esos episodios puntuales pero definitorios, Sorkin cree poder captar y transmitir su esencia. Me parece genial.

Con la reciente adquisición de Ducksboard por parte de New Relic (¡vamos!), se me ha ocurrido homenajear a Sorkin haciendo uso de su fórmula. En Ducksboard hemos pasado por todo tipo de situaciones durante cerca de cuatro años, buenas y malas, pero voy a tratar de resumir este viaje en tan sólo tres episodios. Tres momentos vívidos en mi memoria que representan lo que el Pato ha sido para mí. Espero que lo disfrutéis, porque aquí va un cacho importante de mi vida.

A ver qué tienes, guionista

No hay cuchara

Al parecer no fui demasiado problemático de chaval. Más bien tranquilote, educado, a mis cosas. Aún así recuerdo a mi madre reprocharme en no pocas ocasiones el actuar sin pensar. El meterme en berenjenales que seguramente me hubiese ahorrado de saber cómo iban a acabar. «A ver, hijo, si tonto no eres, ¿cómo te cuesta tanto darle un par de vueltas a las cosas?», le preguntaba a un incapaz mini-yo. Y tantos años después ya creo entender por qué, Mamá: no por falta de inteligencia (que un poco también), sino de experiencia.

No sé si alguno de vosotros habrá nacido aprendido, pero un servidor lo ha ido haciendo sobre la marcha, a medida que la necesidad exigía. Subiendo escalones. Y ahora que llevo unos pocos subidos comprendo por fin cómo la experiencia nos limita la percepción. O la falta de experiencia, más bien. Retomando la metáfora de la escalera: no se ven los escalones que vienen, sólo los ya superados. Cuanto más subes mejor comprendes tus errores anteriores y mejor intuyes las dificultades futuras. En cualquier caso aprendes a no dar las cosas por sentadas, tanto escarmiento acaba por desarrollarte la humildad. Como resultado se dan contradicciones curiosas: haber subido tan sólo un par de peldaños y creerse omnisciente sin haber visto nada, o llegar tan alto en la ascensión como para sentirse del montón sabiendo mucho más que la mayoría.

Sigue, sigue

Mejor sí, pero… ¿para quién?

Tantos años en la sala de máquinas, trabajando en las tripas de la bestia, sin contacto directo con los usuarios finales. Como tantos otros técnicos, mi percepción del producto siempre ha sido “de puertas para dentro”. En esas condiciones, tomas decisiones de diseño e implementación basadas en tu propio criterio, y tu criterio es técnico. “Mejor” es más eficiente, “mejor” es más correcto y elegante, “mejor” es más ingenieril. En definitiva, te esfuerzas en hacer mejor software, pero no tienes ni idea de si estás haciendo mejor producto. Porque una mejor ejecución no implica más aceptación, y un producto es tan bueno como su penetración en el mercado atestigüe. Eso, amigos, es lo que habré sacado en claro de estos años al frente de una empresa de producto. El cliente manda, ya sabéis.

Esto, tan evidente y de sentido común para todo aquel que haya tratado de llevar un producto al mercado, no es tema baladí. Muchas veces el mercado tiene opiniones sobre lo que tu producto debería ser muy alejadas de la tuya propia, y eso es complicado de gestionar. Maldito orgullo. A Steve Jobs le funcionaba bien lo de saltarse esa máxima a la torera, al resto de los mortales suele precipitarlos al abismo. Un asunto espinoso, complejo y apasionante.

Los entresijos del llamado market fit me tienen por tanto muy interesado, y se ha estado desarrollando en los últimos días un episodio a mi parecer muy ilustrativo, que por peso del producto implicado es de especial interés. Me refiero a la muy en voga transición de Python 2 a Python 3 y al tremendo pifostio que se ha montado alrededor. Agárrense que vienen curvas.

I feel geek

De cháchara: arquitectura de Ducksboard

Buf, que gordo estaba hace año y medio. Aunque también es verdad que tenía menos canas y se me notaba menos la calvicie incipiente. En fin, cosas de la edad y la tensión de mantener un negocio a flote, supongo… Este no es un post en sí mismo, sólo una nostálgica mirada atrás. Allá por julio de 2012, el siempre acogedor Alberto Sanz, CEO de Neventum y poseedor de una oficina / teatro / domicilio en plena Barcelona que ríase usted de las hipster-offices san-francisquinas, me invitó a hablar de Ducksboard (el Proyecto Tecnológico™) ante un atento público techie de lo más florido de la Ciudad Condal. Estos tipos saben organizar un evento, vaya que sí, y además de cervezas y una pared de 4×4 dónde proyectar, Alberto consiguió filmar la charla con sonido profesional y todo, para disfrute de los que no pudieron dejarse caer por allí.

Vídeo y slides dentro

Cuando éramos cracks

No sé cuántas veces habré oído/leído eso de que los técnicos no sabemos vendernos (al menos los de por estas latitudes – ya conocéis el rollo ese de que los americanos son grandes comerciales de sí mismos y fuck yeah amazingly awesome). Pero el hecho es que basta con sumergirse ligeramente en la comunidad techie vía Twitter, conferencias o blogs, y resulta que no, que somos (con perdón) los putos amos. Toda esa incapacidad para ponernos un lazo de cara al extraño se torna en confianza ilimitada de puertas adentro. Seguro que habéis leído mucho sobre “cracks” y “talento” en los últimos años: pues eso.

Ahora bien, ¿y todo ese orgullo? ¿Tan interesante, importante es lo que hacemos? Pues en un principio sí. La informática ha revolucionado nuestro concepto de sociedad. Las comunicaciones, el comercio, el trabajo, todo depende ahora de un modo u otro del software, y siendo nosotros los responsables de crearlo y mantenerlo, que menos que sacar pecho, ¿no? Pues francamente creo que no. Hoy vengo a defender que el desarrollo de software está hecho unos zorros, y que sobra autocomplacencia.

Bring it on!

De safari con Chrome: cazando leaks en Javascript

Ay, Javascript, Javascript. Que tiempos aquellos en que todo el uso que te daba era “fadeardivs, hacer un poco de AJAX o añadir algún que otro copo de nieve en fechas señaladas. La robustez de nuestra relación radicaba en las bajas expectativas mutuas. Yo no te veía como un lenguaje de programación, más bien como un juguete prescindible, y tú no me dabas ningún feedback útil, para qué molestarte si no iba a exprimirte el jugo. Pero los tiempos han cambiado, las modas se imponen y suceden, y lo de no tomarte en serio ya no va a ser posible. Y es que se acabó lo de ser la comparsa en una página web, esta es la era de la aplicación web, y las aplicaciones web, cada vez más grandes y complejas, son cosa tuya por derecho. Pero que duro está siendo, que duro…

Vamos a amastrear a ese Javascript…